En esta tierra gris siempre se acostumbró a agradecer la estadía del alma, tras un largo y duro día de rutina cambiante. Por eso, incluso a los desconocidos sin rostro, es bueno desearles la mejor de las suertes y que los Dioses sepan tenerlos en las palmas de sus manos.

El nido de la quimera

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El nido de la quimera

Mensaje por Vildegard el Vie Ene 11, 2013 2:51 am

La hediondez lo hacía arrugar la nariz, el hedor a cuerpos en descomposición y a otras sustancias desconocidas inundaban el cálido lugar. Con todo el sigilo posible dio un paso hacia delante. Frente a ellos se extendía una infinidad de huevecillos dispuestos por el suelo, habían hallado el comienzo de una enorme incubadora y cualquier ruido estruendoso podría alertar a la madre y desatar el caos. El mago respiró profundo por la boca (no deseaba respirar por la nariz), un tanto nervioso, no estaba del todo seguro de contra qué se iban a enfrentar. Permaneció inmóvil analizando la situación, escrutándolo todo con la mirada mientras buscaba con su mano derecha la pequeña mano de Anna, era mejor mantenerse juntos.
¿Cómo habían ido a parar allí? Todo había surgido por una carencia de piedras:

Siete… ocho… una pelusa… Mierda. El entrecejo fruncido de un hombre de apariencia juvenil que contaba mentalmente sus míseras piedras, había atraído la atención de un anciano. Con las manos entrelazadas a la altura del mentón y este mismo apoyado sobre ellas, Vildegard meditaba la situación sentado en la banca de madera de una taberna. Había cometido un enorme error, había dejado oculto y enterrado una buena cantidad de joyas y piedras en un bosque demasiado lejano como para llegar en menos de una semana y ahora se encontraba en una situación de gran pobreza. Robar siempre ha sido una buena opción, pero… Pensó mientras miraba a su alrededor, buscando alguna buena víctima. Viejos con ropa mugrienta, un pobre diablo en peor condiciones que yo, un mendigo… Tsk.No había qué robar. Fue cuando el paso lento de un pie que se arrastraba hizo que el hombre levantara la vista para encontrarse con un anciano cojo quien lo había estado observando durante un buen momento. El mayor tomó asiento junto al mago y miró las escasas ocho piedras que este había dispuesto sobre la mesa de madera roída. Fue cuando se lo dijo, le entregó información fresca y prometedora: La aldea donde vivían sus nietos estaba sufriendo la súbita desaparición de varios de sus habitantes, se comentaba que de pronto comenzaron a desaparecer todos aquellos que se aventuraban hacia una zona boscosa ubicada a algunos kilómetros del lugar. Un solo testigo había ido en aquella dirección y regresado con vida, mencionando que el sitio estaba lleno de huevos y pequeñas criaturas que formaban parte de un escenario repleto de cadáveres. Se ofrecía una recompensa a quien pudiera librarlos de aquel mal.

La pobre posada en la que no podían quedarse ni un día más luego de aquella noche, dio la bienvenida por última vez a Vildegard. Sentado en la cama le había comunicado a la pequeña lo que se disponía a hacer, arrastrándola con él a su “aventura”, claro está. No le había preguntado si deseaba ir, simplemente se lo había hecho saber y ya, seguro de que esta lo seguiría hasta la muerte.
Salieron a la mañana siguiente, la neblina cubría el suelo y dificultaba la visión, pero aquello le agradaba al hombre, el olor de la niebla y el frío mañanero lo hacían sentir bien. Aunque no es como si hubiese tenido tiempo de detenerse durante mucho rato a analizar aquellos detalles; ante su rostro flotaba abierto de par en par un libro de magia oscura – negro y con unos huesos adornando su portada-, el cual parecía haber tomado vida propia y conforme su dueño leía, éste cambiaba sus páginas solo, literalmente por arte de magia. Iba inmiscuido en el estudio, siempre era necesario instruirse y quizás podría hallar algo que le sirviera respecto a lo que enfrentarían, pero no… No había información sobre múltiples huevos y criaturas. Aquello último alertaba a Vildegard, sentía el nerviosismo correr por sus venas haciéndolo dudar un poco sobre si sería bueno aceptar la misión, además nunca se le había dado eso de trabajar… Instintivamente miró de reojo a la pequeña niña albina a su lado. Estaba poniéndola en peligro también… Y es que, si había tantos huevos… debía haber una madre, ¿no?
No tardaron más de medio día en ubicar la aldea, lugar donde se pusieron al corriente de lo ocurrido de primera fuente y pasaron la noche, aprovechando de llenar sus estómagos con comida y bebida gratis.
A la mañana siguiente, su calzado de cuero ya estaba embarrado, sus finas ropas ya estaban algo desgarradas a causa de una que otra espina que se le había enganchado, desgarrando la tela, y su cabello comenzaba a enmarañarse producto de un sinfín de hojas y trozos de rama que adornaban aquella cascada negra y reluciente. Constantemente se sacudía, retirando insectos y quitándose el polvo. Más vale que ninguna puta rama arañe mi rostro o me encargaré de talar todo el jodido bosque… Comienzo a sentir un olor desagradable, pero… ¿de dónde viene? Pensaba con desagrado reflejado en su semblante. Se detenía cada tanto, buscando pasadas entre la espesura de las ramas. Sus pisadas emitían un sonido gracioso, un chapoteo a causa del barro y las pozas de agua que a veces aparecían por el suelo. ¿No he visto ese árbol antes? Mierda, parece que me perdí… No quería caer en la bajeza de preguntarle a Anna si sabía dónde se encontraban, si ella se enteraba que hacía rato que había perdido el norte, se sentiría patéticamente avergonzado. Dio una vuelta más por acá, otra por allá, avanzó dirección a un mohoso árbol de tronco muy grueso, después caminó hacia la derecha… La pestilencia del lugar seguía allí.

-Anna… -dijo tras suspirar y detenerse en seco. El sol comenzaba a ponerse, habían pasado todo el día buscando el escondrijo de lo que fuera que estaba acabando con la vida de los aldeanos. Ya era hora de proclamarse perdido. Pero para fortuna de su autoestima, el primer huevo apareció ante sus pies justo antes de que pudiera emitir las frases de derrota. -¡Un huevo! –exclamó procurando no levantar demasiado la voz. En seguida su alto cuerpo se irguió de manera notoria y el ego le infló el pecho. –Pues eso, quería decirte que ya hallamos el lugar. –mintió con descaro, sabiendo que tal vez la chiquilla había notado hace un buen rato su expresión afligida, pero no le importaba ser descubierto. –Desde ahora vayamos con cuidado, debemos estar en el comienzo del nido. –expresó con un susurro de su grave voz.

Efectivamente, uno a uno los huevos comenzaron a aparecer. Vildegard llevaba la cuenta, pero cuando estos superaron los 500, dejó de contar y también dejó de caminar. Se hallaban inmersos dentro de la incubadora y la madre de aquellos ovos monstruosos podría aparecer en cualquier momento. La espesura del sitio era tal que la luz apenas podía colarse por entre las ramas, sumándole a ello que el sol ya se estaba ocultado. A pesar de ello, el clima era cálido. Rodeados de árboles, enormes raíces, rocas y pedazos de cadáveres, el adulto tanteó el terreno dirigiendo su báculo como fuente de luz.
Un crujido lo hizo aferrar con fuerza su instrumento mágico, algo se movía a unos metros. El sonido era demasiado leve como para ser un enemigo de gran tamaño. No debe ser la madre…, pensó, para comprobar casi de inmediato que se trataba de un recién nacido, una feísima criatura, un neonato de quimera.

El mago sacudió su larga cabellera con arrogancia y vanidad, se plantó firme contra el suelo y clavó el báculo en la blanda tierra. El fulgor de la luz de su arma se intensificó preparándose para la batalla.
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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Anna el Sáb Ene 12, 2013 2:22 am

La peste era increíble, ocultaba medio rostro con una de sus manos evitando respirar aquel horrible aroma, creyó por un momento que era lo más asqueroso que había olido alguna vez, los cuerpos putrefactos cubrían el suelo y no faltaban bichos carroñeros y tanto como repugnantes como inofensivos, solo se alimentaban de la sobra de la basura. Para cuando se dio cuenta, estaban en el nido de una bestia, temerosa alzó su mirada cristalizada (más por el hedor que el miedo) y le apretó su mano a Vildegard.
____Desde aquella noche en las tierras heladas había decidido que le seguiría hasta el fin del mundo, sea a donde sea que se dirigiera y sin importar a qué peligros se enfrente, pero ésta vez no se sentía segura del todo.

Cuando Vildegard le había comentado sus planes no tuvo tiempo de dudar, además, no tenía idea de a qué se enfrentarían en este episodio. Durmió la última noche en aquella posada y al amanecer ya estaban en camino. Durante el trayecto no habló mucho, no preguntó nada, estaba somnolienta aún pero era sobre todo porque el demone se la pasaba con aquel libro flotando frente a él, a veces buscaba leerlo, pero en poco tiempo perdía el interés y se dedicaba a observar los alrededores, con cuidado de no tropezar.
Con su siniestra se sujetaba de la capa del varón para seguirle el paso mientras la otra la ocupaba en bostezar y de su aliento cálido salió una pequeña flama que prendió como velas sus dedos, los miró sin inmutarse y lo usó para brindar a sí misma algo de calor pues por esas horas el aire que corría en veces era gélido, además alumbraba entre la neblina como una pequeña antorcha.
____Para la suerte de ambos, el recorrido no fue muy largo como había sido otras veces y no demoraron en llegar a una aldea en la cual se les ofreció hospedaje y alimento, los aldeanos eran bastante amables y Anna escuchaba con atención las historias del monstruo y como habían perdido familiares, una buena mujer ya le había propuesto que se quedara en su hogar mientras Vildegard acababa con la quimera pero se negó varias veces.


Así fue como a la mañana siguiente se sumergieron en la búsqueda del temible. En el camino se encargaba de quitarle algunas ramas de la capa de su acompañante y algunas que se perdían en sus cabellos de noche, se mordía el labio preocupada por él y su vanidad, temía que abortara la misión por aquellas cosas que claramente le molestaban. Sus ropas no estaban muy distintas a las ajenas y sus zapatos de carmín perdieron el brillo pero por suerte sus medias blancas no se habían llenado de mugre. Invocando su aura de llamas, de su cuerpo emergió fuego y esto espantaba a los insectos que podrían atacarle, dándole más probabilidades al mayor de ser molestados por éstos.
____En poco tiempo se dio cuenta de que habían estado caminando en círculos pero al alzar la vista y encontrarse con el rostro afligido de Vildegard no quiso mencionarlo pues no quería preocuparle así que permaneció en silencio hasta que éste pronunció su nombre con ese tono de voz, ella se encogió de hombros y le miró con cierta tristeza, pocas veces le encontraba de esa forma y esto le apenaba, pero entonces exclamó aquello y dirigió su mirar al señalado, sonriendo divertida por su comentario siguiente.

Entonces fue que llegaron al lugar, un sitio oscuro y terrible, la cantidad de huevos en el sitio era increíble, tanto que se había quedado un poco atrás de su compañero pues no podía creer que fuese cierto, comenzó a caminar lentamente en el terreno con una llama entre sus manos, pisaba sin hacer ruido y se acercó con curiosidad a un árbol donde entre las raíces habían sido acomodados unos tres huevecillos -¿Qué son estas cosas?...- Se preguntó para sí misma con su voz hecha un murmullo y puso de cuclillas para inspeccionarlos, al parecer el calor que emergía de ella llamó a una de las crías a salir de su cascarón pero cuando éste lo hizo le causó tal repugnancia a la infante que cubrió su boca para evitar vomitar, se puso de pie enseguida -Que grotesco...- Dijo con una mueca de repulsión y le lanzó al pequeño una llamarada, pero ésta despertó a las otras dos que estaban a su lado y hambrientas se le aproximaron y aunque fue lento, esto espantó a la niña quien se apresuró a llegar donde el demone, en el transcurso hacía unos límites de llamas entre ella y las pequeñas bestias pero no se detenían y así fue hasta que chocó con la espalda del varón.

- V-Vil…Vildegard… - Le tembló la voz con miedo, intentando llamar tu atención sin quitarle la vista a los monstruitos.

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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Vildegard el Lun Ene 14, 2013 4:07 am

El sonido viscoso de las entrañas pútridas sumado a la sensación de meter sus blancas y perfiladas manos de largos dedos finos en las mismas, lo hacía temblar de repulsión, aunque de todos modos hubiera podido soportarlo, de no ser por el hedor que expelía de aquellos cuerpos sin vida. Nigromante, quería ser nigromante… En aquellos momentos, la cabeza del mago se llenaba de dudas y cuestionamientos respecto a aquello, ¿podría realmente llegar a serlo si sentía tanta aberración por la putrefacción entre sus dedos? Solo su orgullo le impedía largarse a vomitar y abandonar la misión, bueno, su orgullo y su codicia (¿o mejor llamarle necesidad?) por el dinero. Si no fuera por las piedras, no estaría haciendo esta asquerosa labor… Aunque tal y como estamos ahora, hundidos hasta la mierda, creo que la necesidad es sobrevivir. Por lo menos ya están a raya los recién nacidos, o eso espero. Reflexionó mentalmente.

“¡Quémalos!” Se había oído gritar a sí mismo cuando la pequeña Anna había dado la alarma de la proximidad de unas cuantas criaturas horrendas, minutos atrás. Él por su parte, había tomado su báculo mágico con firmeza y determinación, empujándolo con fuerza contra el cráneo de una de las neonatas quimeras. La base de su arma había dado contra la cabeza enemiga, escuchándose un crujido que alertaba de un cerebro (o algo dentro de la cabeza, en el caso de que aquellas cosas no tuvieran sesos) volviéndose puré al interior de un fracturado cráneo. Con una sacudida brusca limpió la repulsiva sangre y restos de carne molida que habían manchado el objeto, el cual no tardó en volver a menear de lado a lado consiguiendo que un par de quimeras retrocediera lo suficiente como para poder ganar algo de terreno.
Con un salto hacia atrás, aterrizó a dos metros de distancia, sus botas dieron contra el pegajoso suelo mezcla de lodo, mezcla de sangre, salpicando inmundicia. Aferró el báculo con ambas manos, cerró los ojos y lo elevó hacia el cielo y la luz que emanaba de la punta de este brilló con más intensidad. Sus cabellos oscuros parecieron perder la gravedad, meneándose como serpientes verdosas extremadamente suaves y brillantes a pesar de la reciente suciedad en ellos, el frío comenzó a apoderarse de su cuerpo, ocasionando que en pocos segundos su propia respiración dejara un rastro de vaho como testigo de la disminución en la temperatura. Sus ojos se abrieron de golpe conforme sus brazos bajaban y apuntaban con un movimiento violento el arma destellante hacia el par de adefesios que había mantenido a raya.

-¡Congelatio Illuminas! – Aquellas palabras pronunciadas con un grito mágico produjeron que la luz resplandeciente se volviera materia, un potente rayo de hielo que se dividió en dos impactó contra la cabeza de las criaturas, congelando aquella parte atacada.

Lentamente el vapor dejó de hacerse presente en la agitada respiración del mago, quien volvía a adquirir una temperatura corporal normal en sí. Su cabello cayó por la gravedad desparramándose por sus hombros y espalda como una bella cascada, y sus brazos reposaron apoyando el báculo en el suelo, el cual no tardó en utilizar como bastón antes de acercarse a las desafortunadas critaturas que yacían en el suelo moviendo frenéticamente sus patas conforme sus cabezas estaban cubiertas de duro hielo. Podría haberse detenido y haber observado como sufrían con el frío directo, pero no tenía tiempo para aquellas contemplaciones sádicamente hermosas; el mango de su báculo y la hoja de su espada se clavaron a la par, una sujeta por cada mano, contra lo que parecía ser el pecho de los infames “bebés”. Vildegard tuvo cuidado de que la desagradable sangre no le salpicara, no solo por la repulsión que aquello le causaba, sino también porque no sabía sobre esas criaturas, tal vez podrían traspasarle alguna enfermedad o quién sabe qué, era mejor no tentar a la mala suerte.

Esta vez solo sacudió la fina espada a modo de limpiarla antes de guardarla en su funda, ya que su báculo volvería a tener utilidad nada más ni nada menos que moviendo cadáveres. Debido a la cantidad de huevos, podían correr el riesgo de enfrentarse a demasiados enemigos, más de los que él pudiera controlar, además, ni si quiera habían dado con la madre; necesitaban un plan. El peso muerto de los pobres bastardos medio comidos, medio deformes, cedía ante los empujones que el Demone les propinaba con su bastón. Intentaba buscar los más frescos. Había de todo entre los montones de difuntos: decapitados, con el rostro arrancado a mordidas, con la mitad del cuerpo aparentemente quemado –aunque sin rastros de hollín, por lo que parecían haber sufrido otro tipo de quemadura-, la cabeza “derretida”, partidos por la mitad, con la carne verdosa y agusanada… Un bello espectáculo de necrosis e infecciones. Vildegard sintió su estómago revolverse y generarle una arcada, más contuvo las ganas y comenzó a aferrar de los tobillos a los cuerpos más frescos, arrastrándolos y juntándolos.

-¡Encárgate de destruir los huevos! –gritó a poca distancia de la menor, mientras continuaba seleccionando cadáveres.

Tenía las manos cubiertas hasta las muñecas de sangre apestosa. Las garras metálicas en una de sus manos se dedicaban a desgarrar piel muerta y hundirse en la carne. Si no fuera tan orgulloso, tal vez estaría llorando de asco, pero no podía, debía concentrarse, además si llegaba a ser nigromante algún día, debería convivir con muertos.
Sus brazos sucios temblaban mientras aferraba con firmeza su arma, apuntando a dos cuerpos robustos, las arcadas casi le impedían pronunciar el conjuro mágico, pero consiguió controlarse y maldecir la carne con su magia. “¡Niteris Contaminationem!”, fue lo que gritó una vez estuvo listo y con el malestar físico ligeramente controlado, emitiendo una maldición que contaminó a los cuerpos sin vida. Una magia capaz de enfermar a quien ingiriera a aquellos cadáveres, causándole una serie de malestares físicos que acabarían llevándolo a un sueño profundo durante un día.

Era preciso utilizar aquella carne maldita como estrategia frente a algún peligro mayor, el cuál esperaba no llegase tan pronto, pero lamentablemente un extraño ruido se oyó a cierta distancia. El Demone sintió un escalofrío y se arrepintió de haber hablado a gritos anteriormente.
¿Se acercaría la madre que había incubado todos aquellos huevos, sería otra criatura, o tal vez algún viajero desafortunado?
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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Anna el Jue Ene 17, 2013 12:26 am

Su cuerpo tembló de miedo al verse rodeada de aquellas criaturas que aunque fuesen pocas de momento, le resultaban bastante desagradables. Además, no sentía ganas de manchar sus prendas, mientras el mayor se ocupaba de los bichos le miró como si estuviese hechizada y es que admiraba la forma en la que Vildegard usaba la magia, siempre pensó que él era magnífico en lo que hacía, sus habilidades eran espléndidas y limpias, quedaban bastante bien con su personalidad tan vanidosa. A veces no podía evitar sentirse menos o sufrir un poco de envidia al tener el gusto de poder apreciarle en ese estado… Y bueno, ella podía controlar el fuego, quemaba cosas y quedaban hechas cenizas, no encontraba nada de bello en esto, por un segundo se sintió incómoda al respecto pero al momento de escuchar las indicaciones de él, se dispuso a seguirlas.
Así que estuvo invocando sus llamaradas una y otra vez, derritiendo los huevecillos. Con su palma de su mano extendida frente a ella, visualizando su presa (en este caso los huevos de la quimera) y con la mirada y con un movimiento tosco las prendía en un fuego que danzaba en conjunto a su objetivo. Los colores vivos anaranjados y dorados se reflejaban en sus cristales, haciéndolos brillar y su rostro resplandecía con estas tonalidades. Al momento de cerrar el puño con fuerza sus víctimas se carbonizaron y terminaron vueltas en cenizas que luego se las llevó el viento. Por un tiempo se dedicó a torturar a las criaturas en el interior de sus cascarones a paso lento, mirando como el fuego acababa con ellos tomándose el tiempo mientras estaba sumergida en sus pensamientos pero pronto fue absorbida de nuevo a la realidad cuando una criatura que no había notado se había acercado peligrosamente a ella y tuvo que retroceder, al hacerlo no solo se vio atrapada entre un árbol y ahora otro monstruo que se le había unido al primero sino que había pisado con un pie un huevo y al momento de bajar la mirada, rogando que no se tratase de aquello pudo notar por sobre el hombro que la bestia se retorcía y sus patas se movían de una forma grotesca. Respiró profundo, soltó el aire y su pie comenzó a incendiarse, aniquilando a la cría. Maldijo mil veces lo acontecido, sus Mary Jane se habían ensuciado.

En lo que se aproximaban las dos bestias buscó en el árbol una rama baja suficientemente fuerte para usarlo cual arma y creó una esfera de llamas que lanzó a un punto estratégico para lograr que se debilitara y cayera al suelo. Cuando esto sucedió fue por la rama rápidamente pero justo cuando pensaba atravesarlas, la pareja extendió sus alas y la niña se espantó – ¡Maldición!... -Con una mezcla que ira y terror agitó la rama cual bate de baseball intentando golpearlas, cuando logró derribarlas les prendió fuego. Entonces supo que estaban en líos y sería mejor acabar con ellas cuando aún estaban dentro de aquellas corazas en las que se encontraban antes de salir a la vida.

Apenas volteó a examinar el lugar, se encontró con hartos huevos y sus ojos se abrieron con algo de sorpresa pues aunque al principio sabía que se encontraban en un nido bastante grande, ahora que sabía a lo que se enfrentaban se sintió preocupada. Cerró los ojos un segundo y bufó.

- ¿En qué nos metimos?... – Preguntó para sí misma y alzó la mirada al cielo ya oscuro, cubierto por un manto estrellado y miles de constelaciones iluminándose.

Volvió a dedicarse a destruir los huevos lanzándoles pequeñas esferas carmín que explotaron en llamas al chocar con el objetivo y las llamas se deslizaban a quemar los demás huevecillos - Habrá que quemarlos a todos… - Describió de forma casi tranquila, así fue deslizando su trasladar por el sitio, ubicando sus próximas víctimas, destruyéndolas con facilidad. Sus objetivos al menos eran inmóviles. Al momento de carbonizar los huevos el fuego desapareció al deseo de la infante, como si el viento soplara en el momento preciso. En cuanto la oscuridad había vuelto escuchó un ruido y temió. Pero si un monstruo mayor los había encontrado era toda culpa del mago pues se la pasaba gritando y ella apenas murmuraba, le mandó a distancia una mirada de recelo (aunque no estaban tan lejos) y fue armando una esfera de fuego que incrementaba lentamente su tamaño, dispuesta a defenderse de lo que viniese.

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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Galahad el Miér Ene 23, 2013 1:21 am

Un matorral se agitó vigorosamente causando que el caminante solitario desviara su mirada colocándose en una postura defensiva al instante. Entonces del mismo emergió un conejo que al ver a tan imponente figura salió corriendo a gran velocidad. Aquel que andaba suspiró relajado y pasó a recriminarse mentalmente su falta de cautela a sabiendas de la situación en la que se encontraba. Los rumores hablaban de una bestia de gran tamaño y poder cuya voracidad era capaz de mermar la población más cercana causando estragos que no podían seguir permitiéndose al grado de causar tal temor en la gente que se reunieron cierto día para acumular la mayor cantidad de dinero posible convirtiendo dicha pequeña fortuna en la recompensa que se pagaría a aquel que pudiese librarlos de tan terrible amenaza. Los rumores se habían esparcido por la zona y pasadas algunos ciclos todo pueblo que se encontrase en un radio menor a los diez kilómetros sabía de la oferta laboral que cualquier aguerrido soldado o temible mago era capaz de realizar recibiendo como pago el dinero de los habitantes que consideraban el dinero como algo secundario cuando sus vidas estaban en riesgo.

Fue así como Galahad se enteró del que aceptó como su nuevo trabajo. Inmediatamente se dirigió a la población cuyos habitantes eran las víctimas de los atentados pasando a ser recibido por los mismos del modo más caluroso y ameno posible. Aquella noche durmió en la mejor cama que la posada local pudo ofrecer y al despertar comió el desayuno más delicioso que había ingerido en días. Finalmente el medio día llegó y con el sol ardiendo en lo alto del firmamento pasó a colocarse su dorada armadura que le hacía lucir cual imponente rey y con su majestuoso andar se dirigió a la zona donde se sospechaba se encontraba el nido de aquel demonio salvaje. Horas más tarde el albino se encontraba caminando entre la maleza apartando con su orgullosa figura las hierbas del camino mientras se aproximaba sin saberlo a la zona donde un par de aventureros lidiaban con algunas nefastas y grotescas bestias recién nacidas. El cazador que venía sumido en sus propios pensamientos continuaba cavilando sobre las características recién mencionadas intentando usarlas como pistas para deducir a qué clase de criatura se enfrentaba. Desafortunadamente los detalles eran muy escasos y aún continuaba sin ver el nido por lo cual le resultó imposible el llegar a una conclusión confiable.

Entonces algo llamó su atención, varias volutas de humo se alzaban de entre las copas de algunos árboles que se encontraban más al frente mostrándose aquellas como los primeros rastros de anomalía alguna en el lugar. Entonces afianzó sus pies al suelo e inició una veloz carrera hacia el sitio agarrando con firmeza las empuñaduras de ambas espadas que colgaban de su cintura preparándose para entablar combate en cualquier momento. Sus rojizos ojos se entrecerraron y haciendo uso de su sensible olfato comenzó a detectar los seres vivos ubicados en aquella zona descubriendo que no podía percibir aroma alguno de bestia adulta en el sitio más parecía haber un par de individuos de peculiar olor moviéndose en el sitio de manera aleatoria. "Así que hay más cazadores aparte de mí... Ni hablar, primero lidiaré con el monstruo y después me encargaré de ellos." Decidió sin un minuto de dilación sorprendiéndose a si mismo al aproximarse más y descubrir que quienes se encontraban atacando aquel nido no eran más que una mocosa y un debilucho cuyo pusilánime aspecto en absoluto le reflejaba peligro alguno. "¿Pero qué mierda? ¿Acaso estos dos son idiotas o suicidas?" Fue el primer pensamiento que cruzó por la mente del albino quien escuchó el mismo ruido que había oído la pequeña pasando a apretar con ambas manos los puños de sus espadas.

Con un rápido movimiento pasó a ocultar su figura detrás de un tronco para remover su figura de la vista del lugar pasando a sonreír a medio labio con más confianza de la que realmente sentía. - Los usaré como carnada... Imbéciles. - Susurró con malicia mientras miraba de reojo aquel nido así como prestando especial atención al movimiento de hojas que acompañaba el ruido que se escuchaba cada vez con mayor presencia en aquel fúnebre lugar. Entonces aprovechó el momento para pasear su mirada por la zona escrutando la misma y analizando los detalles. Habían cadáveres por doquier siendo los mismos una gran pila de cuerpos parcialmente descompuestos despidiendo todos un aroma a podrido que le causó asco al guerrero cuyo sensible olfato lejos de serle útil se convertía en una maldición para el leonino caballero quien tuvo que contener las ganas de vomitar en el acto. Sin embargo aquello le sirvió para disminuir la lista de posibles amenazas considerando varias opciones como una posibilidad. - Este lugar me recuerda a un nido de Maerapius Chimaera. - Concluyó mientras desenvainaba con lentitud sus dos espadas esperando realizar el menor ruido posible.

Un estridente ruido se escuchó declarando la llegada de aquella misteriosa amenaza que se avecinaba a ambos aventureros cuando la mirada del caballero de niveos cabellos volvió a posarse sobre sus carnadas vivas. El mirarlos de pie tan galantemente le pareció admirable... Y eso le enfureció. Sin más se puso de pie frente al árbol y perforó el mismo con una iracunda mirada. - ¿Acaso un rey se esconde detrás de un par de plebeyos? ¡JAMÁS! - Gritó fúrico el poderoso soldado que tras apretar con gran fuerza su espada soltó un gran corte horizontal que destrozó el tronco del árbol que anteriormente había utilizado como escondite. Aquel gran y antiguo árbol que fungía como escondite cayó hacia el nido con un estrepitoso rugido aplastando con su pesada figura varios huevos del lugar. Entonces, frente al cadáver de aquel coloso del bosque se dejó ver la gallarda y orgullosa figura de un hombre cuya atlética figura se encontraba revestida por una dorada armadura cuyo resplandor de oro parecía competir con el sol mismo. Sus blancos cabellos se mecían con suavidad mientras sus orbes escarlata desprendían un fuego inusual que acompañaba a aquel caballero cuya estoica imagen recordaba a los reyes antiguos. El noble león dorado entraba en la escena y su objetivo era destruir la molesta criatura que se interponía en su camino.
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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Fatus el Vie Ene 25, 2013 6:19 am

Maerapius Chimaera:
-Nombre: Maerapius Chimaera [No posee un nombre vulgar]
-Tipo: Quimera
-Nivel: 1
-Elemento: Tierra
-Particularidad: Reproductor. [Habilidad de reproducirse rápidamente, en gran cantidad y en casi cualquier ambiente]
-Ataque físico: Extremidades, dientes y fuerza bruta.
-Ataque proyectil: Ácido.
-Talento mágico o psicológico: Inmunidad psíquica.
-Dieta: Carnívoro
-Hábitat: Cálida
-Terreno: Bosques - Desiertos y Llanuras
-Organización: Enjambre y solitario
-Ciclo activo: A toda hora
-Valor: 14 Piedras
-Amo: Tagirion

Los mortales acostumbran en cada momento de su existencia a cometer errores imperdonables, luchan por orgullo, por vanidad o simplemente para poder sobrevivir un día más a consta de la voluntad de los alocados y perdidos dioses del otro lado, siendo las quimeras un perfecto ejemplo de la indecorosa imagen que estos presentan a través de ellos y como esta constante lucha del día a día se vuelve negra con el paso del tiempo, llegando a dos conclusiones ; la falta de esperanza o simplemente la muerte por querer cumplir la misma. Por esa misma razón este mundo está condenado a ser habitado por dos tipos personas a su vez, los que están muertos y aún caminan o esos sucios cadáveres deformados por el tiempo y la violencia del futuro que ellos mismo estaban pisoteando, siendo a su vez cuna de aberraciones en las que ellos, con sus portes ahora sucios orgullos, se convertirán, aunque sea en espíritu.
Y es esa lucha, y los impulsos que la obligan a materializarse lo que provoca un error más, y un cambio permanente en la historia de este nido, de esta región y finalmente de este mundo compuesto por millones de almas que cometen errores incansablemente...Por eso mismo existe el juicio de los Dioses.

Pero para poder explicar este desacierto hay que investigar un poco el funcionamiento de la mente colmena que comparten estas criaturas que son la unión grotesca de muchas otras y que por resultado provocaron una vida tan independiente que una de las tantas horrendas faunas de Tzión terminaron siendo. En la mente compleja de estos seres existen dos esenciales palabras que con su mudo lenguaje comprenden y comparten, tal cual una sociedad que busca un bien común, estas disponen de distintos recursos para desempeñar la labor de reproducirse y consumir toda la materia canal que encuentren, de Heres, de Colluvio, de masas amorfas, de animales, de lo que sea, pero tienen como principal objetivo encontrar la misma y alimentarse de ella o simplemente utilizarla como pequeños nidos para desarrollar este tipo infame de huevos brillantes que algunos consiguen el tamaño ideal de una quimera desarrollada, otros simplemente forman vástagos para engullir la basura, bien, aquello que ellos estuvieron matando no fueron más que esos retoños deformados, inútiles parásitos que ni siquiera tienen conexión psíquica [ya que esta es la formula tras la gran coordinación] con las verdaderas quimeras y aquella que puede ser catalogada como "La madre" una malformación gigantesca e inconfundible que seguramente sea la responsable de mantener a salvo este nexo entre todas las mentes de estas criaturas...Y seguramente la misma había ignorado a los invasores hasta este momento, ya que incendios hay varios y voces aterradas escucha en todo momento, debido a su enorme capacidad receptora ¿Pero es el estruendo de un árbol lo suficiente como para poner "ojos" en ese lugar? Es evidente que si, por eso su enorme rugido se dejaría escuchar en la lejanía, un grito horrendo emergido de la propia boca del infierno, un chillido que comenzó a mover los frondosos y a su vez contaminados robles que resguardaban a las temibles Maerapius Chimaera, conocida entre los lengua sucia como "quimeras" o simplemente "Las avispas".

Si hubo alguna vez diálogo este tuvo que callar ante el estruendo sonoro, y luego terrestre que produjo la caída del árbol en conjunto del violento rugido seguido finalmente de un movimiento inclemente que aquellos usuarios de la tierra sentirían fuertemente en sus pies, era de pensar que "la reina" fuera una criatura gigante, pero el eco que hizo temblar todas las hojas de los robles no solo afirmaba esa suposición sino que también notarían que era algo inteligente, al punto de que se hacía responsable de no ser vista jamás, ya sea haciendo desaparecer esas memorias en la muerte o en la locura, este mismo sería el caso de aquellos mortales que insistieron tomar la supuesta recompensa que este nido puede albergar, o al menos dar una prueba de que fue totalmente destruido. ¿Pero llegarán siquiera a escapar? Los cielos estaban negando ese destino, porque entre fuertes rápidas y hojas que caen debido a la violencia de sus apariciones, se pueden ver una cantidad abundante de ojos rojizos en grupo de ocho, brillando en una densa atmósfera que primero el par y finalmente el león pudieron remendar. Allí están el tesoro, con sus gigantescas membranas de murciélago extendidas, acaparando la luz de la ilusión, con sus piezas bucales moviéndose desenfrenadas y todas, absolutamente todas, produciendo gruesos hilos amarillentos que caen amargamente al suelo, sobre las hojas, y las queman, produciendo un extraño humo coloreado y verdoso que se extiende irritante hacia las alturas, donde por alguna razón las quimeras no atacan pero si observan a los mortales...Saben que están ahí, seis de ellas los están rodeando y aún superándolos en número no se atrevieron siquiera a cerrar sus fauces.
¿Les importa que el suelo este cegado por la sangre de los vástagos deformes, como también de quimeras defectuosas? ¿Esos huevos tenían real importancia? "La reina" No había mostrado signos de enfado...Sino que parece el insaciable apetito lo que hace más poderoso el hedor inmundo que a más de uno podría hacer vomitar, y esas encarnaciones de la gula están más interesadas en devorarlos vivos que de recurrir a la venganza...Seguramente con los cuerpos bajo sus talones había ocurrido lo mismo.
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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Vildegard el Vie Feb 15, 2013 1:18 am

Un enemigo en común puede unir a las personas, al menos de forma momentánea, y aplazar un enfrentamiento sangriento, especialmente si ambas partes se deben proteger sus vidas con gran esmero.

Su fina espada danzaba de un lado a otro sostenida en el aire por arte de magia cuidándoles la espalda a la pequeña Anna y a él, con su hoja empapada en sangre de criaturas despreciables, apuntaba peligrosamente hacia el frente esperando clavarse en cualquier enemigo que se acercara demasiado. Su mirada desconfiada se posaba en la del hombre de reluciente armadura color de oro, no le parecía confiable pero al menos por ahora estaba tan hundido en la mierda como ellos. Su apariencia era fuerte, un hombre ideal para contener a los insectos mientras la menor y él atacaban a cierta distancia, ¿pero estaría aquel sujeto dispuesto a unirse a ellos en contra de un mal común?

Un ruido había sido la única pista de que algo yacía oculto, Vildegard ya imaginaba que podría tratarse de un enemigo o bien de otro desafortunado sujeto que acabaría en la misma condición que él, pero lo que no pensó jamás fue que sería un hombre tan peculiar. Y es que se presentó ante ellos de forma enérgica, excesivamente enérgica para su gusto, tanto que un árbol cayó ante sus pies generando un gran ruido, y de no haber saltado hacia atrás podría haber sido aplastado como mucho de los huevos del nido. Y tal como podría suponerse, el estruendo fue seguido de algo mayor, la atención de una enorme bestia y otras menores habían sido atraídas, por lo que en poco tiempo se hallaron rodeados.

-¿Pero qué…? –alcanzó a decir el mago una vez se había girado hacia el lugar donde había oído la voz. Su expresión había sido de clara molestia y un dejo analítico, pero este fue demasiado breve ya que un extraño sonido lo hizo regresar la vista al frente. Allí fue donde vio a las quimeras que se les acercaban, el sonido provenía de sus mandíbulas chasqueando sin cesar. Sin pensarlo dos veces saltó hacia donde estaba Anna y se puso a su lado. –Esto no pinta bien… -fueron sus palabras al ver a la más grade de aquella especie hacer acto de presencia.

El ácido quemaba las hojas y abría nuevas heridas en la carne pútrida de los cuerpos que yacían en el suelo como viejos adornos. La vista del Demone se posó en aquella asquerosa sustancia, su ceño se frunció al comprender de qué se trataba todo ello sabiendo ya que no sería prudente entrar en contacto con esas cosas. De tal manera no perdió el tiempo y pronunció las palabras cargadas de magia en aquel extraño idioma en que había aprendido a conjurar. Su cabello volvió a elevarse y a danzar como si la gravedad no formara parte de él y casi en el acto la fina espada que reposaba en su funda desenvainó sola y apuntó hacia delante, comenzando a girar en torno a la niña y a él, como protegiéndolos. Era su habilidad para manejar objetos otorgándoles “vida”, Vita Sustentationem lo llamaba él. Pero aun había algo que hacer o mejor dicho algo que aclarar antes de atacar a aquellos espantosos seres: ¿Aquel sujeto estaría de parte de ellos o no? Podría ser una ventaja, ya que… Un enemigo en común puede unir a las personas, al menos de forma momentánea, y aplazar un enfrentamiento sangriento, especialmente si ambas partes se deben proteger sus vidas con gran esmero. Pero si el guerrero no estaba dispuesto a serles de ayuda o, peor aún, si pretendía matarlos, las cosas se pondrían cada vez peores. Tenía que salir de aquella duda:

-Tú… -volteó la cabeza a penas un segundo para mirar por sobre el hombro al desconocido antes de volver a enfocarse en las peligrosas quimeras. -¿Qué intenciones tienes, nos ayudarás a exterminar a estos engendros? –A penas acabó de formular sus palabras cuando las criaturas estaban ya muy cerca, por lo que se vio obligado a retroceder. Su espada seguía a la espera de una resolución.

Si aquel hombre se les unía podría servir como fuerza bruta –cosa que para él parecía lógica por su facha- mientras se las ingeniaban para liquidarlos a todos, quizás con la carne que acababa de hechizar… Sus ojos se agrandaron asombrados y afligidos, el árbol que casi lo había aplastado a él había dado con los cuerpos envenenados. Sacarlos de bajo del tronco supondría un esfuerzo más… Las cosas quizás serían más difíciles de lo que Vildegard hubiera imaginado.
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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Anna el Lun Feb 18, 2013 8:09 pm

La vida de un Heres no pasa los cincuenta años, ella solo contaba con once de edad y aunque había tenido la infortuna de encontrarse en apuros con anterioridad la suerte siempre estuvo de su lado, sin embargo, ningún evento había puesto en tan peligro su vida hasta esa noche. Y no se sentía segura de tentar a su suerte, se estaba acobardando, era débil… Es solo una niña. Pero sus sentimientos por el Demone eran más grandes que ello y se negaba a la idea de dejarlo luchar mientras ella huía, en algo tenía que servir, pero ¿qué iba a hacer alguien como ella?... Por un instante una idea le pasó: ser hasta una carnada. Eso fue antes de conocer a las temibles bestias a las que se enfrentaban pues con las que habían luchado antes no eran nada a comparación.

Y entonces el rey dorado hizo su aparición tras hacerse notar con un grito, dándole razón a su apodo al portar una armadura que relucía como el oro. ¿Hasta donde llegaría la soberbia y la vanidad de alguien?... Parecía que no había límites. La persona más engreída que había conocido hasta entonces era Vildegard, pero el Demone se quedaba corto ante el alvino. Los ojos de la pequeña se abrieron grandes de sorpresa y sus pupilas se achicaron al escuchar el crujir del tronco que tras recibir un corte, el león lograría hacer caer el gran árbol. Por un instante se quedó quieta, la gran bola de fuego que iba incrementando entre sus manos se esfumó y dejó una humareda que se extendió al altísimo, pero ya las ramas del viejo roble eran obstáculos para la fumarada, alzó su vista a la copa que se le aproximaba y al final pudo reaccionar, echándose hacia atrás para no sufrir el destino de las malformaciones de quimeras encubadas en huevecillos. - ¡¡Ha!!...

El estruendo del tremendo árbol chocar con la superficie hizo que por poco perdiera el equilibrio pues hasta el suelo vibró al presenciar la caída del roble, pero eso no fue nada a comparación del chillido del monstruo que los asechaba entre el bosque, su gruñido hasta hacía danzar sus cabellos blancos con violencia, entre cerró sus ojos, se cubrió con el antebrazo y con la mano libre sostuvo el vuelo de su vestido. Sus piernas comenzaron a temblar de miedo - ¡Vildegard!... -y se aferró al Demone cuando éste saltó a su lado, ocultándose tras él, asomándose apenas para intentar encontrarse con los ojos sangre de las bestias ocultas entre la noche y de solo verlos, un frío recorrió su espalda, logrando que se estremeciera por completo. El hecho de que no se mostraran completamente solo la perturbaba más y lo único que alcanzaba a ver era su peligrosa saliva de ácido destruir todo lo que alcanzaba a tocar, sabía que sus habilidades eran inútiles, su presencia era inútil y nada podía hacer ya, lo único que deseaba era no ser un peso más, una dificultad.

Y a pesar de darle la espalda por un momento al bruto dorado no bajaba la guardia ante él, bien sabía que no podía fiarse de nadie, el único en quien confiaba era en su acompañante y de notar sus acciones, escuchar ese tono de voz, entendió que estaban en problemas ¿cómo no? Si se habían sumergido en una pesadilla, lo único que podía hacer era desear con todas las fuerzas de su corazón que el de ojos de fuego no estuviese en su contra sino se les uniera a luchar contra un mal común. Lo único que deseaba era despertar de aquella pesadilla. – Ya quiero irme a casa… - Murmuró en sentido figurado pues ambos (el Demone y ella) eran nómadas de tiempo eterno y no tenían un lugar fijo, pero quería estar a salvo en otro sitio y no ahí, no en ese momento.

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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Galahad el Sáb Feb 23, 2013 1:57 am

Soltó un bufido de molestia al escuchar la respuesta del bosque y sus habitantes que comenzaron a mostrarse siendo seis en su totalidad. Entrecerró sus ojos prestando atención a los movimientos de las bestias descubriendo que en efecto se trataba de quimeras, como había pensado. Tras afianzar con mayor fuerza su arma inició un tranquilo y lento recorrido por encima del tronco caído avanzando hacia ambos individuos que a sus ojos no eran sino un par de estorbos. Un flacucho que parecía dedicarle más tiempo a su cabello que a fortalecer su cuerpo y una mocosa que ni siquiera pintaba en la escena en absoluto le servirían dadas las circunstancias. "Estas basuras ni siquiera servirán como apoyo..." Pensó irritado el soldado quien tras finalizar su recorrido sobre el cuerpo caído del gigantesco árbol dio un pequeño salto para posicionarse en tierra firme, a poca distancia de ambos desconocidos. - Maerapius Chimaera; estamos frente a seis de ellas y como podrán ver no son algo que se pueda tomar a la ligera... Limítense a no estorbarme y quizás salgan con vida de ésta. - Espetó arrogante el guerrero que ni siquiera se tomó la molestia de mirarlos de reojo. Para Galahad aquel par era tanto invisible como inservible.

Su figura pasó a ladearse y tras cerrar sus ojos se concentró para prestar mayor atención al ambiente. Haciendo uso de su sensible oído no solo aseguró lo que sus ojos veían sino que pudo ubicar con mayor claridad y eficiencia la locación exacta de cada una de las criaturas que lentamente se aproximaba a ellos. Entonces reabrió sus orbes dejando nuevamente a la vista aquel par de orgullosos rubíes que se posaron por vez primera en sus acompañantes. - ¿Sabes pelear? - Preguntó hosco el albino mientras centraba su atención en la espada flotante. Su figura lucía todo menos intimidante sin embargo el hecho de que su espada flotara significaba que al menos algo de magia sabía. Quizás era un mago poderoso o contaba con algún hechizo que pudiera resultarle útil por lo cual reconsideró el valor del pelinegro. A la niña ni siquiera le prestó atención puesto que olía... No; apestaba a miedo, por ende, solo estaba ahí como un estorbo sin provecho o beneficio alguno.

Sin esperar a la respuesta por parte de su interlocutor les dio la espalda a ambos encarando a las quimeras ubicadas al frente y entonces alzó su arma. Sus muñecas realizaron un giro sobre la empuñadura de la misma separando su lanza de doble filo que se convirtió en un par de espadas que sostuvo en cada mano. Una era una espada de tamaño medio mientras que la otra era considerablemente larga. Su peso era increíble pero la fuerza del híbrido le permitía maniobrarla con relativa facilidad sintiéndose más seguro con sus espadas en mano. Una soberbia sonrisa apareció entonces en el pálido rostro de Galahad quien posicionó sus piernas a modo de adoptar una postura defensiva esperando el primer movimiento por parte de las bestias que amenazantes se aproximaban al trío. El híbrido no era ningún estúpido y sabía de antemano que él solo jamás podría contra las seis criaturas que se encontraban al acecho pero su orgullo parecía interponerse de nuevo en su camino. No retrocedería, no huiría y definitivamente no pediría ayuda. Antes muerto que buscando ayuda, se dijo a sí mismo como solía hacerlo cuando se encontraba en problemas. Apretó su mandíbula y sus manos imitaron aquel gesto con las armas que sostenían. Sus ojos se entrecerraron y sabiendo que lo más conveniente era actuar con prudencia se limitó a mantenerse alerta y esperar.
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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Eleanor Kähler el Lun Feb 25, 2013 3:59 am

Una enorme tienda se levantaba fuertemente justo en la entrada de aquella aldea, esa había sido precisamente una buena semana para la herrera de rubios cabellos, y aunque el trabajo la ponía de buen humor, también la preocupaba y es que eran aldeanos comunes quienes parecían requerir últimamente de sus servicios. Fue una tarde en que un pequeño grupo de hombres, cuyas edades parecían muy avanzadas para practicas de esgrima o pequeños enfrentamientos; los cuales requerían las armas mas letales que una modesta bolsa de monedas pudiera comprar; Eleanor los inspeccionó un par de minutos y sin siquiera recibir la bolsa les pregunto con total cordialidad, no quería ser descortes con la clientela y mucho menos si se trataba de ancianos.

-¿Puedo saber para que fin buscan las armas?-

los sujetos parecieron un poco afligidos, ante lo que apareció la duda fugaz de si había herido alguna herida de guerra del pasado o algo similar, sin embargo uno de los hombres, aquel que parecía mas viejo y sabio no tardo en responder la incógnita de la joven.

-Es extraño que una viajera como usted no lo sepa aún- musito con voz paciente y añeja -Hay una criatura extraña, temible y enorme, la cual es responsable de la desaparición de muchos de nosotros.- Ahora fue él quién escruto a la herrera -Mi hijo y sus compañeros vinieron aquí hace unos tres días solicitando algunas de sus armas, no se si los recuerde... - arrastro las palabras con expectativa aunque lo que formulara no fuese una pregunta.

Ahora los rasgos del hombre parecían hacer mella en la memoria de la joven, aunque no se había detenido a pensarlo, muchas de aquellas facciones masculinas se le hacían familiares.

No espero respuesta de la rubia al vez un destello de reconocimiento en los ojos azules y femeninos de su interpelada-Fueron en busca de aquella bestia-las pupilas oscuras del anciano casi desaparecieron, para finalizar su respuesta con desdén, uno que aparentemente no iba dirigido a su oyente -Pero nunca regresaron...Partiremos al atardecer. -Puntualizo mientras dirigía sus mirar al grupo senil que lo acompañaba.

Eleanor quedó atónita, eso explicaba la creciente clientela en la aldea, la había visitado en el pasado pero sin duda no era un sitio de luchadores, aquellas persona eran pacifica y su mayor conocimiento consistiría en la siembra o tal vez en la pesca, nunca nada relacionado con casería u orientación en el bosque... Con un gesto rechazo la bolsita de moneda que aun le era ofrecida por uno de los sujetos -Temo que esta vez soy yo quien debe pagarles las atenciones- Dijo al fin aquella joven de áurea cabellera.

Los varones la miraron sorprendidos, a pesar de ser una herrera, y poseer una contextura saludable; Eleanor no lucia como una guerrera, mucho menos con aquel vestido de algodón gris y el sucio delantal de cuero con el cual se dedicaba a su oficio, llevaba tan bien el cabello recogido en una trenza, lo cual no podía brindarle mas que un aspecto calmo y maternal.

-Esta loca señorita- Dijo el anciano con quien entablo la anterior charla -Este es un trabajo para hombres, luchadores; usted no sufrirá mas que el mismo destino de muchos otros desdichados-

La rubia sonrió amablemente, después y con mucho cuidado tomó una fina espada, y la única que llevaba el grupo de aldeanos y la cual aparentemente era el modelo de lo que querian obtener en su tienda; con un rápido movimiento la partió en dos, los pedazos de metal se habían desquebrajado entre los guantes de cuero que hacían juego con su mandil, ante la mirada perpleja de los hombres la herrera no pudo mas que sonreír.

Suspiró pesadamente al recordar por que se adentraba en aquel bosque, el camino parecía mas largo de lo que le habían indicado; pero la verdadera razón de aquello era su percepción del tiempo, por algún motivo el viajar cuando el astro rey se escondía, alargaba el trayecto hacia cualquier destino para ella. las ramas crujían bajo sus botas metálicas, la verdad no le importaba en lo absoluto el ruido que pudiese causar, era una usuaria de tierra, y una de las tantas ventajas de serlo y la que mas apreciaba era sin duda su capacidad sensorial con aquel elemento; si la criatura que buscaba era tan grande como le habían dicho, la sentiría mucho antes de que esta pudiera escucharla. dirigió sus iris azulados al firmamento, las estrellas se derramaban en todas direcciones como salpicaduras de agua; las copas de los arboles era lo único que la tenue luz de la luna de aquella noche lograba rozar, debajo de estas tenias que acostumbrar la vista para ver donde pisabas con exactitud, algo mas llamó la atención de la rubia, espirales de humo se alzaban a lo lejos, ¿un incendio espontaneo producto del calor de aquel bosque?, era imposible, el sol se había ocultado hacia ya algunas horas, antes de que pudiese cavilar mas un estruendo retumbo a sus pies, era un árbol caer, de eso estaba segura, pero una décima de segundo mas tarde un estruendo, un chillido se clavo en sus oídos haciéndola estremecer, la criatura de la que provenía aquel sonido era enorme, justo como había esperado que seria, cerca a ella un numero pequeño de lo que tal vez seria sus crías y a un lado; humanos o animales muy pequeños... la alarma creció en el corazón de la rubia, sin pensar mucho en ello se dirigió a la fuente de alboroto esperado lo peor.
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Re: El nido de la quimera

Mensaje por Fatus el Mar Mar 05, 2013 3:46 am

Pero este enfrentamiento no era como aquel que tuvo lugar en Nuhl, en lo absoluto. Meterse en un nido de estas aberraciones con forma de alimaña no es para nada recomendable, incluso si se encuentra la vida de un pequeño pueblo invisible de por medio. ¿Qué pueden valer las personas realmente? ¿Más que la propia existencia? Muchas almas desaparecen cada segundo del plano físico, entre gritos horrendos y llantos desgarradores se balancean la más de veinticinco horas que tiene un día completo, una vuelta a la grandeza de la Gran Estrella dorada. La desolación es enorme, no tiene limitaciones, siquiera sus mentes entenderían este concepto...Lograrlo significa renunciar a todo tipo de recompensa por eliminar este tipo de amenazas que no son menos que el verdadero cáncer que ennegrecen la esmeralda del eterno valle.
Y aunque fuera cierto que lo único que mantiene vivo Tzión son este tipo de actos era también inconsciente querer traspasar las barreras de lo lógico para lanzarse contra aquella silueta que se podría divisar a lo lejos, una gigantesca sombra negra que deja pequeños a los centinelas verdoso de Tamsus, la misma tierra se retorcería cuando sus inciertos pasos corten las raíces de sus hijos congelados en el tiempo regresivo que caía sobre los que por una recompensa, indiferentemente de su legalidad, fueron a enfrentarse a los hijos del rigor y el Caos.

Es muy inteligente no atacar a la distancia ni acercarse demasiado a esos ojos rojizos que violentamente se separarían del cierro lazo de oscuridad, los árboles retorcidos por una influencia mucho mayor, algo que escapa del accionar del ácido o la capacidad arquitectónica que puedan poseer las muy simples mentes de las quimeras ¿Por qué no obreras? No existe mejor concepto, o si, puede decirse que también son carne de cañón, pero el oscuro odia perder sus lineas sin generar una fuerte decepción en quienes sean los indicados para renovar el ciclo de esa esencia minúscula de su ser, sus hijos más desarrollados no resultan para nada estúpidos, e imaginando que la madre es uno de estos entonces...¿No estaría luchando cara a cara con esta terrible entidad conceptual? ¿Con este vacío que provoca inevitablemente que el universo mismo sea violento y no pacíficamente inocente? Cuando las quimeras rompieron su posición lo lograron con una violencia ofensiva, derribando lo que las sostenía ahí en el follaje flotante. Las grandes membranas grisáceas se abrían amenazantes con las extrañas marcas blancas que brillaban ante la fuerte presencia de su conector psíquico, la enorme silueta negra que había detrás del escenario.
Y es de esperar, impacientes, hambrientas y con la peor de las intenciones las quimeras habían comenzado a digerir su ausente cordura, las piezas bucales que cuelgan de su carmín cabeza se movían frenéticamente, al son del ensordecedor zumbido que hacía literalmente temblar la corteza de los robles como también las almas de los que son inocentes y no puede estar acostumbrados al miedo. Y pronto, luego de que las mismas comenzaran a posicionarse al límite de la altura a su ves que forzaban a crear una suerte de círculo a su alrededor, el olor del fuego lastimando la lisiada piel de la Gran Bestia cesaría de golpe cuando sea la pura fragancia de los Archivistas de la Muerte la que retorciera sus estómagos.

La amarillenta sustancia que vomitan estas horrendas criaturas tiene la capacidad no solo de carcomer lo vivo, a la misma función de cualquier ácido gástrico , sino que resulta una de las fragancias más inmundas en el mundo. ¿Una porquería en terrible estado? ¿Un muerto putrefacto y con exceso de bilis y grasa recorriendo su panza hincada por la hambruna? ¿La suciedad de las victimas de la magia que antaño pudieron ser hermosos magos como lo es actualmente el usuario del hielo y las enfermedades? No, no se puede siquiera comprar con la repulsiva sensación de que se está aspirando una miasma infinita de podredumbre acuática. Denso como la masa más oscura, y con la capacidad de producir dolor al percibir...¿Por qué uno piensa que este ácido torpe es tan efectivo? Los alimentos, el agua y hasta los propios órganos son tomados con una mano invisible y llevados con brusquedad hasta la tráquea, arcadas se transforman en grandes cantidades de basca burbujeante de tonos amarillentos pálidos, incluso muchas de las enfermedades son devueltas tras ese sabor amargo que queda pintado eternamente en la garganta. Carraspeos acompañado de la flaqueza del pulso provocan que las piernas fallen y la mente ya no pueda concentrarse lo suficiente como para tener conexión con la esencia de uno ¡Es imposible hacer magia en tal estado! Y ni siquiera se puede hablar de defenderse con los nudillos sangrantes, bañados por los propios fluidos que despide el cuerpo. Y esta distracción es definitiva ya que a quedar las personas vulnerables entonces las quimeras pueden abrir sus vientes con sus extremidades e incluso con sus fauces, creando así alimento con sus viseras y finalmente un nido con la desollada piel que haya quedado restante sobre los huesos carcomidos, miren a esos cadáveres aplastados por el árbol, el fuego y el ácido que cayo disimuladamente sobre ellos...Sería hermoso que tuvieran forma de niña, de mago y de guerrero.
De entre sus mandíbulas la lluvia amarillenta y fluorescente apagaría lo que quedó del fuego, como también intentaba romper el plante de los que hacían frente a los hijos del Oscuro. Todas las direcciones eran atentadas alas tres figuras que habían en ese bizarro circulo donde los árboles pueden ayudar, pero que acercarse a uno puede incluso significar adentrarse a la boca de otra quimera.
Las gruesas gotas con incertidumbre se fusionan en medio del fuerte viento que puede llevar a influenciar en el ahogo del fuego más débil, literalmente son grandes lineas de vómito pastoso que caería duramente sobre ellos al estar posicionadas las quimeras por encima de ellos, que sea una baño sádico de enfermedad y descomposición el que queme sus prendas, su piel y sus almas.

El tiempo estimado por el cual vomitarían no se extiende más de un par de segundos, la fuerza con la que el ácido sale disparado, junto al impulso del viento que estremece el bosque muerte, hacen de aquel ataque de área un evento muy desafortunado que necesita aparentemente de un excesivo movimiento para poder ser evitado a la perfección. El diámetro que ocupa esta lluvia fue acomodado para que a la redonda deba haber poco menos de cinco metros a cualquier salida, un fuego cruzado que necesita ser combatido de misma forma. ¿Congelar? ¿Vaporizar? No son malas ese tipo de opciones, pero el principal objetivo parecía cumplirse a raja tabla...Deben gastar energía y a su vez luchar contra el seguro deseo de sus cuerpos de debilitarse ante la fuerte influencia de sus sentidos traicioneros.
¿Contar con la casi recién llegada? Parece utópica esa suposición, pero el intento no puede matar...El tiempo corre a su favor.
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